La rentabilidad de la confianza



Hace pocos días atrás compartía con un grupo de estudiantes de la Universidad, un conjunto de materiales del encuentro Hoy es Marketing 2012, llevado a cabo recientemente en la ciudad de Pamplona. Una de las ponencias que más interés captó de nosotros, fue la del Prof. José Luis Pérez-Plá, profesor de ESIC, acerca de la Confianza.
El prof. Pérez-Plá, hace referencia a un libro del gran Stephen Covey que toma de muy buena forma, como eje para su exposición. Me refiero a la obra, La velocidad de la Confianza.
De inmediato el grupo se apresuró a tomar notas sobre un cúmulo de ideas que vinieron a nuestras mentes y que también han dado origen por mi parte,  a la reflexión del día de hoy.

Resulta que este tema de la confianza y su opuesto, la desconfianza, acapara mucho de nuestra atención como individuos y como sociedad. Constantemente leemos o escuchamos cuestionamientos basados en la desconfianza sobre árbitros de fútbol, administradores de la cosa pública, políticos enriquecidos súbitamente, empresarios con grandes negocios, religiosos de esta o aquella iglesia y por supuesto claro está, de esa humilde trabajadora del  hogar o de aquel curtido obrero o guardia de seguridad.

Lamentablemente las varas de medición son mucho más exigentes para los grupos que menos defensa pueden oponer en cambio el resto, pues digamos que tiene de la sociedad en su conjunto, un margen de tolerancia más flexible a la hora de su evaluación. Aun así, la validez del tema no es poca cosa, ya que en gran medida, por más que nos esforcemos como individuos, sociedad o representantes de un gobierno, si no somos confiables ante los ojos de los demás, estén dentro o fuera del país, seremos tratados o considerados en función a esa lectura o percepción que se tiene de nosotros.

La confianza comienza con nosotros mismos, luego continúa como familia, equipo de trabajo, departamento, división y empresa toda. Seguidamente como gremio, sector de la economía y país. Cuando hay desconfianza, se incrementan los controles, esto implica más costo y menos margen para la utilidad, si no se quiere tocar el precio y perder competitividad. La desconfianza muchas veces no se asienta  en lo que es el otro, sino en lo que somos nosotros mismos, proyectando inconscientemente nuestra forma de ser o accionar en el temor a que los otros sean iguales. La confianza va muy de la mano con la credibilidad. Precisamente una de las fuentes más poderosas para fidelizar ya sean clientes, usuarios, consumidores o ciudadanos, son estos dos aspectos del accionar humano muy por encima de la cosmética o continente que pretendamos dar a lo que producimos, ya sean bienes, servicios profesionales o públicos para la comunidad. 

Cuando el cliente o empleado no recibe copia del documento suscripto con una empresa o institución. Cuando lo ambiguo en materia de responsabilidades y derechos prevalece. Cuando pedir explicaciones o aclaraciones sobre algún punto se toma como ofensivo, inevitablemente aparece la desconfianza. La desconfianza estresa, la confianza relaja (en el buen sentido de la palabra). La confianza permite aflorar lo mejor del individuo, ya sea en su puesto de trabajo, en su lugar de estudio o en la intimidad de su pareja. 

Reflexionemos entonces hoy, acerca de este tema que tiene tanto alcance. Con seguridad encontraremos muchas oportunidades de mejora y consecuentemente muchas posibilidades de mayor prosperidad y felicidad donde nos desempeñamos.
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La rentabilidad de la confianza



Hace pocos días atrás compartía con un grupo de estudiantes de la Universidad, un conjunto de materiales del encuentro Hoy es Marketing 2012, llevado a cabo recientemente en la ciudad de Pamplona. Una de las ponencias que más interés captó de nosotros, fue la del Prof. José Luis Pérez-Plá, profesor de ESIC, acerca de la Confianza.
El prof. Pérez-Plá, hace referencia a un libro del gran Stephen Covey que toma de muy buena forma, como eje para su exposición. Me refiero a la obra, La velocidad de la Confianza.
De inmediato el grupo se apresuró a tomar notas sobre un cúmulo de ideas que vinieron a nuestras mentes y que también han dado origen por mi parte,  a la reflexión del día de hoy.

Resulta que este tema de la confianza y su opuesto, la desconfianza, acapara mucho de nuestra atención como individuos y como sociedad. Constantemente leemos o escuchamos cuestionamientos basados en la desconfianza sobre árbitros de fútbol, administradores de la cosa pública, políticos enriquecidos súbitamente, empresarios con grandes negocios, religiosos de esta o aquella iglesia y por supuesto claro está, de esa humilde trabajadora del  hogar o de aquel curtido obrero o guardia de seguridad.

Lamentablemente las varas de medición son mucho más exigentes para los grupos que menos defensa pueden oponer en cambio el resto, pues digamos que tiene de la sociedad en su conjunto, un margen de tolerancia más flexible a la hora de su evaluación. Aun así, la validez del tema no es poca cosa, ya que en gran medida, por más que nos esforcemos como individuos, sociedad o representantes de un gobierno, si no somos confiables ante los ojos de los demás, estén dentro o fuera del país, seremos tratados o considerados en función a esa lectura o percepción que se tiene de nosotros.

La confianza comienza con nosotros mismos, luego continúa como familia, equipo de trabajo, departamento, división y empresa toda. Seguidamente como gremio, sector de la economía y país. Cuando hay desconfianza, se incrementan los controles, esto implica más costo y menos margen para la utilidad, si no se quiere tocar el precio y perder competitividad. La desconfianza muchas veces no se asienta  en lo que es el otro, sino en lo que somos nosotros mismos, proyectando inconscientemente nuestra forma de ser o accionar en el temor a que los otros sean iguales. La confianza va muy de la mano con la credibilidad. Precisamente una de las fuentes más poderosas para fidelizar ya sean clientes, usuarios, consumidores o ciudadanos, son estos dos aspectos del accionar humano muy por encima de la cosmética o continente que pretendamos dar a lo que producimos, ya sean bienes, servicios profesionales o públicos para la comunidad. 

Cuando el cliente o empleado no recibe copia del documento suscripto con una empresa o institución. Cuando lo ambiguo en materia de responsabilidades y derechos prevalece. Cuando pedir explicaciones o aclaraciones sobre algún punto se toma como ofensivo, inevitablemente aparece la desconfianza. La desconfianza estresa, la confianza relaja (en el buen sentido de la palabra). La confianza permite aflorar lo mejor del individuo, ya sea en su puesto de trabajo, en su lugar de estudio o en la intimidad de su pareja. 

Reflexionemos entonces hoy, acerca de este tema que tiene tanto alcance. Con seguridad encontraremos muchas oportunidades de mejora y consecuentemente muchas posibilidades de mayor prosperidad y felicidad donde nos desempeñamos.
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La rentabilidad de la confianza



Hace pocos días atrás compartía con un grupo de estudiantes de la Universidad, un conjunto de materiales del encuentro Hoy es Marketing 2012, llevado a cabo recientemente en la ciudad de Pamplona. Una de las ponencias que más interés captó de nosotros, fue la del Prof. José Luis Pérez-Plá, profesor de ESIC, acerca de la Confianza.
El prof. Pérez-Plá, hace referencia a un libro del gran Stephen Covey que toma de muy buena forma, como eje para su exposición. Me refiero a la obra, La velocidad de la Confianza.
De inmediato el grupo se apresuró a tomar notas sobre un cúmulo de ideas que vinieron a nuestras mentes y que también han dado origen por mi parte,  a la reflexión del día de hoy.

Resulta que este tema de la confianza y su opuesto, la desconfianza, acapara mucho de nuestra atención como individuos y como sociedad. Constantemente leemos o escuchamos cuestionamientos basados en la desconfianza sobre árbitros de fútbol, administradores de la cosa pública, políticos enriquecidos súbitamente, empresarios con grandes negocios, religiosos de esta o aquella iglesia y por supuesto claro está, de esa humilde trabajadora del  hogar o de aquel curtido obrero o guardia de seguridad.

Lamentablemente las varas de medición son mucho más exigentes para los grupos que menos defensa pueden oponer en cambio el resto, pues digamos que tiene de la sociedad en su conjunto, un margen de tolerancia más flexible a la hora de su evaluación. Aun así, la validez del tema no es poca cosa, ya que en gran medida, por más que nos esforcemos como individuos, sociedad o representantes de un gobierno, si no somos confiables ante los ojos de los demás, estén dentro o fuera del país, seremos tratados o considerados en función a esa lectura o percepción que se tiene de nosotros.

La confianza comienza con nosotros mismos, luego continúa como familia, equipo de trabajo, departamento, división y empresa toda. Seguidamente como gremio, sector de la economía y país. Cuando hay desconfianza, se incrementan los controles, esto implica más costo y menos margen para la utilidad, si no se quiere tocar el precio y perder competitividad. La desconfianza muchas veces no se asienta  en lo que es el otro, sino en lo que somos nosotros mismos, proyectando inconscientemente nuestra forma de ser o accionar en el temor a que los otros sean iguales. La confianza va muy de la mano con la credibilidad. Precisamente una de las fuentes más poderosas para fidelizar ya sean clientes, usuarios, consumidores o ciudadanos, son estos dos aspectos del accionar humano muy por encima de la cosmética o continente que pretendamos dar a lo que producimos, ya sean bienes, servicios profesionales o públicos para la comunidad. 

Cuando el cliente o empleado no recibe copia del documento suscripto con una empresa o institución. Cuando lo ambiguo en materia de responsabilidades y derechos prevalece. Cuando pedir explicaciones o aclaraciones sobre algún punto se toma como ofensivo, inevitablemente aparece la desconfianza. La desconfianza estresa, la confianza relaja (en el buen sentido de la palabra). La confianza permite aflorar lo mejor del individuo, ya sea en su puesto de trabajo, en su lugar de estudio o en la intimidad de su pareja. 

Reflexionemos entonces hoy, acerca de este tema que tiene tanto alcance. Con seguridad encontraremos muchas oportunidades de mejora y consecuentemente muchas posibilidades de mayor prosperidad y felicidad donde nos desempeñamos.
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La rentabilidad de la confianza



Hace pocos días atrás compartía con un grupo de estudiantes de la Universidad, un conjunto de materiales del encuentro Hoy es Marketing 2012, llevado a cabo recientemente en la ciudad de Pamplona. Una de las ponencias que más interés captó de nosotros, fue la del Prof. José Luis Pérez-Plá, profesor de ESIC, acerca de la Confianza.
El prof. Pérez-Plá, hace referencia a un libro del gran Stephen Covey que toma de muy buena forma, como eje para su exposición. Me refiero a la obra, La velocidad de la Confianza.
De inmediato el grupo se apresuró a tomar notas sobre un cúmulo de ideas que vinieron a nuestras mentes y que también han dado origen por mi parte,  a la reflexión del día de hoy.

Resulta que este tema de la confianza y su opuesto, la desconfianza, acapara mucho de nuestra atención como individuos y como sociedad. Constantemente leemos o escuchamos cuestionamientos basados en la desconfianza sobre árbitros de fútbol, administradores de la cosa pública, políticos enriquecidos súbitamente, empresarios con grandes negocios, religiosos de esta o aquella iglesia y por supuesto claro está, de esa humilde trabajadora del  hogar o de aquel curtido obrero o guardia de seguridad.

Lamentablemente las varas de medición son mucho más exigentes para los grupos que menos defensa pueden oponer en cambio el resto, pues digamos que tiene de la sociedad en su conjunto, un margen de tolerancia más flexible a la hora de su evaluación. Aun así, la validez del tema no es poca cosa, ya que en gran medida, por más que nos esforcemos como individuos, sociedad o representantes de un gobierno, si no somos confiables ante los ojos de los demás, estén dentro o fuera del país, seremos tratados o considerados en función a esa lectura o percepción que se tiene de nosotros.

La confianza comienza con nosotros mismos, luego continúa como familia, equipo de trabajo, departamento, división y empresa toda. Seguidamente como gremio, sector de la economía y país. Cuando hay desconfianza, se incrementan los controles, esto implica más costo y menos margen para la utilidad, si no se quiere tocar el precio y perder competitividad. La desconfianza muchas veces no se asienta  en lo que es el otro, sino en lo que somos nosotros mismos, proyectando inconscientemente nuestra forma de ser o accionar en el temor a que los otros sean iguales. La confianza va muy de la mano con la credibilidad. Precisamente una de las fuentes más poderosas para fidelizar ya sean clientes, usuarios, consumidores o ciudadanos, son estos dos aspectos del accionar humano muy por encima de la cosmética o continente que pretendamos dar a lo que producimos, ya sean bienes, servicios profesionales o públicos para la comunidad. 

Cuando el cliente o empleado no recibe copia del documento suscripto con una empresa o institución. Cuando lo ambiguo en materia de responsabilidades y derechos prevalece. Cuando pedir explicaciones o aclaraciones sobre algún punto se toma como ofensivo, inevitablemente aparece la desconfianza. La desconfianza estresa, la confianza relaja (en el buen sentido de la palabra). La confianza permite aflorar lo mejor del individuo, ya sea en su puesto de trabajo, en su lugar de estudio o en la intimidad de su pareja. 

Reflexionemos entonces hoy, acerca de este tema que tiene tanto alcance. Con seguridad encontraremos muchas oportunidades de mejora y consecuentemente muchas posibilidades de mayor prosperidad y felicidad donde nos desempeñamos.
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La rentabilidad de la confianza



Hace pocos días atrás compartía con un grupo de estudiantes de la Universidad, un conjunto de materiales del encuentro Hoy es Marketing 2012, llevado a cabo recientemente en la ciudad de Pamplona. Una de las ponencias que más interés captó de nosotros, fue la del Prof. José Luis Pérez-Plá, profesor de ESIC, acerca de la Confianza.
El prof. Pérez-Plá, hace referencia a un libro del gran Stephen Covey que toma de muy buena forma, como eje para su exposición. Me refiero a la obra, La velocidad de la Confianza.
De inmediato el grupo se apresuró a tomar notas sobre un cúmulo de ideas que vinieron a nuestras mentes y que también han dado origen por mi parte,  a la reflexión del día de hoy.

Resulta que este tema de la confianza y su opuesto, la desconfianza, acapara mucho de nuestra atención como individuos y como sociedad. Constantemente leemos o escuchamos cuestionamientos basados en la desconfianza sobre árbitros de fútbol, administradores de la cosa pública, políticos enriquecidos súbitamente, empresarios con grandes negocios, religiosos de esta o aquella iglesia y por supuesto claro está, de esa humilde trabajadora del  hogar o de aquel curtido obrero o guardia de seguridad.

Lamentablemente las varas de medición son mucho más exigentes para los grupos que menos defensa pueden oponer en cambio el resto, pues digamos que tiene de la sociedad en su conjunto, un margen de tolerancia más flexible a la hora de su evaluación. Aun así, la validez del tema no es poca cosa, ya que en gran medida, por más que nos esforcemos como individuos, sociedad o representantes de un gobierno, si no somos confiables ante los ojos de los demás, estén dentro o fuera del país, seremos tratados o considerados en función a esa lectura o percepción que se tiene de nosotros.

La confianza comienza con nosotros mismos, luego continúa como familia, equipo de trabajo, departamento, división y empresa toda. Seguidamente como gremio, sector de la economía y país. Cuando hay desconfianza, se incrementan los controles, esto implica más costo y menos margen para la utilidad, si no se quiere tocar el precio y perder competitividad. La desconfianza muchas veces no se asienta  en lo que es el otro, sino en lo que somos nosotros mismos, proyectando inconscientemente nuestra forma de ser o accionar en el temor a que los otros sean iguales. La confianza va muy de la mano con la credibilidad. Precisamente una de las fuentes más poderosas para fidelizar ya sean clientes, usuarios, consumidores o ciudadanos, son estos dos aspectos del accionar humano muy por encima de la cosmética o continente que pretendamos dar a lo que producimos, ya sean bienes, servicios profesionales o públicos para la comunidad. 

Cuando el cliente o empleado no recibe copia del documento suscripto con una empresa o institución. Cuando lo ambiguo en materia de responsabilidades y derechos prevalece. Cuando pedir explicaciones o aclaraciones sobre algún punto se toma como ofensivo, inevitablemente aparece la desconfianza. La desconfianza estresa, la confianza relaja (en el buen sentido de la palabra). La confianza permite aflorar lo mejor del individuo, ya sea en su puesto de trabajo, en su lugar de estudio o en la intimidad de su pareja. 

Reflexionemos entonces hoy, acerca de este tema que tiene tanto alcance. Con seguridad encontraremos muchas oportunidades de mejora y consecuentemente muchas posibilidades de mayor prosperidad y felicidad donde nos desempeñamos.
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La rentabilidad de la confianza



Hace pocos días atrás compartía con un grupo de estudiantes de la Universidad, un conjunto de materiales del encuentro Hoy es Marketing 2012, llevado a cabo recientemente en la ciudad de Pamplona. Una de las ponencias que más interés captó de nosotros, fue la del Prof. José Luis Pérez-Plá, profesor de ESIC, acerca de la Confianza.
El prof. Pérez-Plá, hace referencia a un libro del gran Stephen Covey que toma de muy buena forma, como eje para su exposición. Me refiero a la obra, La velocidad de la Confianza.
De inmediato el grupo se apresuró a tomar notas sobre un cúmulo de ideas que vinieron a nuestras mentes y que también han dado origen por mi parte,  a la reflexión del día de hoy.

Resulta que este tema de la confianza y su opuesto, la desconfianza, acapara mucho de nuestra atención como individuos y como sociedad. Constantemente leemos o escuchamos cuestionamientos basados en la desconfianza sobre árbitros de fútbol, administradores de la cosa pública, políticos enriquecidos súbitamente, empresarios con grandes negocios, religiosos de esta o aquella iglesia y por supuesto claro está, de esa humilde trabajadora del  hogar o de aquel curtido obrero o guardia de seguridad.

Lamentablemente las varas de medición son mucho más exigentes para los grupos que menos defensa pueden oponer en cambio el resto, pues digamos que tiene de la sociedad en su conjunto, un margen de tolerancia más flexible a la hora de su evaluación. Aun así, la validez del tema no es poca cosa, ya que en gran medida, por más que nos esforcemos como individuos, sociedad o representantes de un gobierno, si no somos confiables ante los ojos de los demás, estén dentro o fuera del país, seremos tratados o considerados en función a esa lectura o percepción que se tiene de nosotros.

La confianza comienza con nosotros mismos, luego continúa como familia, equipo de trabajo, departamento, división y empresa toda. Seguidamente como gremio, sector de la economía y país. Cuando hay desconfianza, se incrementan los controles, esto implica más costo y menos margen para la utilidad, si no se quiere tocar el precio y perder competitividad. La desconfianza muchas veces no se asienta  en lo que es el otro, sino en lo que somos nosotros mismos, proyectando inconscientemente nuestra forma de ser o accionar en el temor a que los otros sean iguales. La confianza va muy de la mano con la credibilidad. Precisamente una de las fuentes más poderosas para fidelizar ya sean clientes, usuarios, consumidores o ciudadanos, son estos dos aspectos del accionar humano muy por encima de la cosmética o continente que pretendamos dar a lo que producimos, ya sean bienes, servicios profesionales o públicos para la comunidad. 

Cuando el cliente o empleado no recibe copia del documento suscripto con una empresa o institución. Cuando lo ambiguo en materia de responsabilidades y derechos prevalece. Cuando pedir explicaciones o aclaraciones sobre algún punto se toma como ofensivo, inevitablemente aparece la desconfianza. La desconfianza estresa, la confianza relaja (en el buen sentido de la palabra). La confianza permite aflorar lo mejor del individuo, ya sea en su puesto de trabajo, en su lugar de estudio o en la intimidad de su pareja. 

Reflexionemos entonces hoy, acerca de este tema que tiene tanto alcance. Con seguridad encontraremos muchas oportunidades de mejora y consecuentemente muchas posibilidades de mayor prosperidad y felicidad donde nos desempeñamos.
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La rentabilidad de la confianza



Hace pocos días atrás compartía con un grupo de estudiantes de la Universidad, un conjunto de materiales del encuentro Hoy es Marketing 2012, llevado a cabo recientemente en la ciudad de Pamplona. Una de las ponencias que más interés captó de nosotros, fue la del Prof. José Luis Pérez-Plá, profesor de ESIC, acerca de la Confianza.
El prof. Pérez-Plá, hace referencia a un libro del gran Stephen Covey que toma de muy buena forma, como eje para su exposición. Me refiero a la obra, La velocidad de la Confianza.
De inmediato el grupo se apresuró a tomar notas sobre un cúmulo de ideas que vinieron a nuestras mentes y que también han dado origen por mi parte,  a la reflexión del día de hoy.

Resulta que este tema de la confianza y su opuesto, la desconfianza, acapara mucho de nuestra atención como individuos y como sociedad. Constantemente leemos o escuchamos cuestionamientos basados en la desconfianza sobre árbitros de fútbol, administradores de la cosa pública, políticos enriquecidos súbitamente, empresarios con grandes negocios, religiosos de esta o aquella iglesia y por supuesto claro está, de esa humilde trabajadora del  hogar o de aquel curtido obrero o guardia de seguridad.

Lamentablemente las varas de medición son mucho más exigentes para los grupos que menos defensa pueden oponer en cambio el resto, pues digamos que tiene de la sociedad en su conjunto, un margen de tolerancia más flexible a la hora de su evaluación. Aun así, la validez del tema no es poca cosa, ya que en gran medida, por más que nos esforcemos como individuos, sociedad o representantes de un gobierno, si no somos confiables ante los ojos de los demás, estén dentro o fuera del país, seremos tratados o considerados en función a esa lectura o percepción que se tiene de nosotros.

La confianza comienza con nosotros mismos, luego continúa como familia, equipo de trabajo, departamento, división y empresa toda. Seguidamente como gremio, sector de la economía y país. Cuando hay desconfianza, se incrementan los controles, esto implica más costo y menos margen para la utilidad, si no se quiere tocar el precio y perder competitividad. La desconfianza muchas veces no se asienta  en lo que es el otro, sino en lo que somos nosotros mismos, proyectando inconscientemente nuestra forma de ser o accionar en el temor a que los otros sean iguales. La confianza va muy de la mano con la credibilidad. Precisamente una de las fuentes más poderosas para fidelizar ya sean clientes, usuarios, consumidores o ciudadanos, son estos dos aspectos del accionar humano muy por encima de la cosmética o continente que pretendamos dar a lo que producimos, ya sean bienes, servicios profesionales o públicos para la comunidad. 

Cuando el cliente o empleado no recibe copia del documento suscripto con una empresa o institución. Cuando lo ambiguo en materia de responsabilidades y derechos prevalece. Cuando pedir explicaciones o aclaraciones sobre algún punto se toma como ofensivo, inevitablemente aparece la desconfianza. La desconfianza estresa, la confianza relaja (en el buen sentido de la palabra). La confianza permite aflorar lo mejor del individuo, ya sea en su puesto de trabajo, en su lugar de estudio o en la intimidad de su pareja. 

Reflexionemos entonces hoy, acerca de este tema que tiene tanto alcance. Con seguridad encontraremos muchas oportunidades de mejora y consecuentemente muchas posibilidades de mayor prosperidad y felicidad donde nos desempeñamos.
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La rentabilidad de la confianza



Hace pocos días atrás compartía con un grupo de estudiantes de la Universidad, un conjunto de materiales del encuentro Hoy es Marketing 2012, llevado a cabo recientemente en la ciudad de Pamplona. Una de las ponencias que más interés captó de nosotros, fue la del Prof. José Luis Pérez-Plá, profesor de ESIC, acerca de la Confianza.
El prof. Pérez-Plá, hace referencia a un libro del gran Stephen Covey que toma de muy buena forma, como eje para su exposición. Me refiero a la obra, La velocidad de la Confianza.
De inmediato el grupo se apresuró a tomar notas sobre un cúmulo de ideas que vinieron a nuestras mentes y que también han dado origen por mi parte,  a la reflexión del día de hoy.

Resulta que este tema de la confianza y su opuesto, la desconfianza, acapara mucho de nuestra atención como individuos y como sociedad. Constantemente leemos o escuchamos cuestionamientos basados en la desconfianza sobre árbitros de fútbol, administradores de la cosa pública, políticos enriquecidos súbitamente, empresarios con grandes negocios, religiosos de esta o aquella iglesia y por supuesto claro está, de esa humilde trabajadora del  hogar o de aquel curtido obrero o guardia de seguridad.

Lamentablemente las varas de medición son mucho más exigentes para los grupos que menos defensa pueden oponer en cambio el resto, pues digamos que tiene de la sociedad en su conjunto, un margen de tolerancia más flexible a la hora de su evaluación. Aun así, la validez del tema no es poca cosa, ya que en gran medida, por más que nos esforcemos como individuos, sociedad o representantes de un gobierno, si no somos confiables ante los ojos de los demás, estén dentro o fuera del país, seremos tratados o considerados en función a esa lectura o percepción que se tiene de nosotros.

La confianza comienza con nosotros mismos, luego continúa como familia, equipo de trabajo, departamento, división y empresa toda. Seguidamente como gremio, sector de la economía y país. Cuando hay desconfianza, se incrementan los controles, esto implica más costo y menos margen para la utilidad, si no se quiere tocar el precio y perder competitividad. La desconfianza muchas veces no se asienta  en lo que es el otro, sino en lo que somos nosotros mismos, proyectando inconscientemente nuestra forma de ser o accionar en el temor a que los otros sean iguales. La confianza va muy de la mano con la credibilidad. Precisamente una de las fuentes más poderosas para fidelizar ya sean clientes, usuarios, consumidores o ciudadanos, son estos dos aspectos del accionar humano muy por encima de la cosmética o continente que pretendamos dar a lo que producimos, ya sean bienes, servicios profesionales o públicos para la comunidad. 

Cuando el cliente o empleado no recibe copia del documento suscripto con una empresa o institución. Cuando lo ambiguo en materia de responsabilidades y derechos prevalece. Cuando pedir explicaciones o aclaraciones sobre algún punto se toma como ofensivo, inevitablemente aparece la desconfianza. La desconfianza estresa, la confianza relaja (en el buen sentido de la palabra). La confianza permite aflorar lo mejor del individuo, ya sea en su puesto de trabajo, en su lugar de estudio o en la intimidad de su pareja. 

Reflexionemos entonces hoy, acerca de este tema que tiene tanto alcance. Con seguridad encontraremos muchas oportunidades de mejora y consecuentemente muchas posibilidades de mayor prosperidad y felicidad donde nos desempeñamos.
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La rentabilidad de la confianza



Hace pocos días atrás compartía con un grupo de estudiantes de la Universidad, un conjunto de materiales del encuentro Hoy es Marketing 2012, llevado a cabo recientemente en la ciudad de Pamplona. Una de las ponencias que más interés captó de nosotros, fue la del Prof. José Luis Pérez-Plá, profesor de ESIC, acerca de la Confianza.
El prof. Pérez-Plá, hace referencia a un libro del gran Stephen Covey que toma de muy buena forma, como eje para su exposición. Me refiero a la obra, La velocidad de la Confianza.
De inmediato el grupo se apresuró a tomar notas sobre un cúmulo de ideas que vinieron a nuestras mentes y que también han dado origen por mi parte,  a la reflexión del día de hoy.

Resulta que este tema de la confianza y su opuesto, la desconfianza, acapara mucho de nuestra atención como individuos y como sociedad. Constantemente leemos o escuchamos cuestionamientos basados en la desconfianza sobre árbitros de fútbol, administradores de la cosa pública, políticos enriquecidos súbitamente, empresarios con grandes negocios, religiosos de esta o aquella iglesia y por supuesto claro está, de esa humilde trabajadora del  hogar o de aquel curtido obrero o guardia de seguridad.

Lamentablemente las varas de medición son mucho más exigentes para los grupos que menos defensa pueden oponer en cambio el resto, pues digamos que tiene de la sociedad en su conjunto, un margen de tolerancia más flexible a la hora de su evaluación. Aun así, la validez del tema no es poca cosa, ya que en gran medida, por más que nos esforcemos como individuos, sociedad o representantes de un gobierno, si no somos confiables ante los ojos de los demás, estén dentro o fuera del país, seremos tratados o considerados en función a esa lectura o percepción que se tiene de nosotros.

La confianza comienza con nosotros mismos, luego continúa como familia, equipo de trabajo, departamento, división y empresa toda. Seguidamente como gremio, sector de la economía y país. Cuando hay desconfianza, se incrementan los controles, esto implica más costo y menos margen para la utilidad, si no se quiere tocar el precio y perder competitividad. La desconfianza muchas veces no se asienta  en lo que es el otro, sino en lo que somos nosotros mismos, proyectando inconscientemente nuestra forma de ser o accionar en el temor a que los otros sean iguales. La confianza va muy de la mano con la credibilidad. Precisamente una de las fuentes más poderosas para fidelizar ya sean clientes, usuarios, consumidores o ciudadanos, son estos dos aspectos del accionar humano muy por encima de la cosmética o continente que pretendamos dar a lo que producimos, ya sean bienes, servicios profesionales o públicos para la comunidad. 

Cuando el cliente o empleado no recibe copia del documento suscripto con una empresa o institución. Cuando lo ambiguo en materia de responsabilidades y derechos prevalece. Cuando pedir explicaciones o aclaraciones sobre algún punto se toma como ofensivo, inevitablemente aparece la desconfianza. La desconfianza estresa, la confianza relaja (en el buen sentido de la palabra). La confianza permite aflorar lo mejor del individuo, ya sea en su puesto de trabajo, en su lugar de estudio o en la intimidad de su pareja. 

Reflexionemos entonces hoy, acerca de este tema que tiene tanto alcance. Con seguridad encontraremos muchas oportunidades de mejora y consecuentemente muchas posibilidades de mayor prosperidad y felicidad donde nos desempeñamos.
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La rentabilidad de la confianza



Hace pocos días atrás compartía con un grupo de estudiantes de la Universidad, un conjunto de materiales del encuentro Hoy es Marketing 2012, llevado a cabo recientemente en la ciudad de Pamplona. Una de las ponencias que más interés captó de nosotros, fue la del Prof. José Luis Pérez-Plá, profesor de ESIC, acerca de la Confianza.
El prof. Pérez-Plá, hace referencia a un libro del gran Stephen Covey que toma de muy buena forma, como eje para su exposición. Me refiero a la obra, La velocidad de la Confianza.
De inmediato el grupo se apresuró a tomar notas sobre un cúmulo de ideas que vinieron a nuestras mentes y que también han dado origen por mi parte,  a la reflexión del día de hoy.

Resulta que este tema de la confianza y su opuesto, la desconfianza, acapara mucho de nuestra atención como individuos y como sociedad. Constantemente leemos o escuchamos cuestionamientos basados en la desconfianza sobre árbitros de fútbol, administradores de la cosa pública, políticos enriquecidos súbitamente, empresarios con grandes negocios, religiosos de esta o aquella iglesia y por supuesto claro está, de esa humilde trabajadora del  hogar o de aquel curtido obrero o guardia de seguridad.

Lamentablemente las varas de medición son mucho más exigentes para los grupos que menos defensa pueden oponer en cambio el resto, pues digamos que tiene de la sociedad en su conjunto, un margen de tolerancia más flexible a la hora de su evaluación. Aun así, la validez del tema no es poca cosa, ya que en gran medida, por más que nos esforcemos como individuos, sociedad o representantes de un gobierno, si no somos confiables ante los ojos de los demás, estén dentro o fuera del país, seremos tratados o considerados en función a esa lectura o percepción que se tiene de nosotros.

La confianza comienza con nosotros mismos, luego continúa como familia, equipo de trabajo, departamento, división y empresa toda. Seguidamente como gremio, sector de la economía y país. Cuando hay desconfianza, se incrementan los controles, esto implica más costo y menos margen para la utilidad, si no se quiere tocar el precio y perder competitividad. La desconfianza muchas veces no se asienta  en lo que es el otro, sino en lo que somos nosotros mismos, proyectando inconscientemente nuestra forma de ser o accionar en el temor a que los otros sean iguales. La confianza va muy de la mano con la credibilidad. Precisamente una de las fuentes más poderosas para fidelizar ya sean clientes, usuarios, consumidores o ciudadanos, son estos dos aspectos del accionar humano muy por encima de la cosmética o continente que pretendamos dar a lo que producimos, ya sean bienes, servicios profesionales o públicos para la comunidad. 

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Reflexionemos entonces hoy, acerca de este tema que tiene tanto alcance. Con seguridad encontraremos muchas oportunidades de mejora y consecuentemente muchas posibilidades de mayor prosperidad y felicidad donde nos desempeñamos.
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